12/04/2016

-Me sentí intocable...



Últimamente estoy triste. Bah, no triste. Melancólica es la palabra. Sí, últimamente estuve melancólica. Por pibito. Nicolás, el de una noche. Este blog seguro lo recuerda un montón, a pesar de que hace mucho (o por lo menos a mí me parece que fue hace mucho tiempo) que no escribo sobre él.

Empezó la facultad este año y conoció a una chica. Desde entonces que la retuitea y le favea cosas en tuiter, inclusive fotos de ellas. Y en instagram le pone me gusta a fotos viejísimas, de cuando ni se conocían. Buscando opiniones, mucha gente dijo que probablemente a él le gusta o quiere algo con ella. Y eso, al pensarlo tal y cómo lo estoy pensando ahora, me pone triste.

A veces soy histérica y poco racional, pero en esta situación intenté serme lo más sincera posible. Quiero a un chico como Nico, siento que ningún otro chico me va a gustar porque no es cómo él. Así de tímido y hasta físicamente cómo es él. Y probablemente haya chicos más lindos y que me traten mejor, pero es así. Y desde que me empezó a gustar Nicolás (o mejor dicho, desde que no pude superarlo) supe que no iba a tener ni una oportunidad con él. Por eso intenté ser lo más racional posible. Lo más sincera, como dije antes. Y decir "yo con él no quiero nada ya".

Esta chica le gusta. Sé que es demasiado infantil y enfermizo dejarle mensajes amenazantes, pero supongo que es una forma de canalizar mis sentimientos. Y no, no es una justificación. Sé que estoy siendo hiper tóxica, que estoy haciendo el mal y disfrutando de ello, cosa que siempre critico. Pero tengo un nudo en el pecho que no sé cómo sacarlo.

Siempre pensé que estaría buena alguna oportunidad del destino para volvernos a ver la cara, una vez aunque sea. Pero no sé si es tan bueno como parece. No es buena idea. Espero que el año que viene, cuando empiece la facultad, pueda superar un poco esta situación. Porque pibito y esta chica no van a tardar en formalizarse. Y sé que me va a doler.

Cada vez que la stalkeo, siendo un dolor de panza. Sé que no debería hacerlo, pero lo hago. Me enrollo en eso. Deseo el mal. Estoy haciendo las cosas mal, lo sé. Pero bueno. No tengo otra cosa para hacer. Por ahora estoy atrapada en esto, estoy enfrascada en esto. Pierdo la concentración rápido y eso hace que mis pensamientos se vayan a él. Se concentren en él. Y él no piensa en mí. Él ni debe acordar ya de la noche que pasamos juntos.

Pasó tan rápido. Algunas veces desearía tener una máquina del tiempo para modificar todo. El simple pensamiento de que alguien lo pueda tener como yo lo tuve por dentro me destruye cada día más.

Esa es una de las cosas que tengo que aprender: superar.

12/01/2016

- Se termina una etapa



Ayer fue mi entrega de medallas. Es raro porque siempre supe que este momento llegaría, pero no tan pronto. No tan así, tan de repente. Es algo nuevo para mí. Pero bueno, una etapa se está cerrando, y no puedo estar más contenta porque es lo que estaba esperando. Solo me faltan rendir las materias del secundario que me quedan (casi todo sexto año) y luego seré una universitaria que sale a la vida con muchas ganas y mucha curiosidad. Sin embargo, a pesar de todo lo malo, no puedo dejar de recordar cómo empezó todo.

Y sí, esta es una entrada nostálgica. A pesar de que no me llevo muchas cosas de este colegio (solo materias), me llevo unas cuantas cosas de esta etapa que está culminando. Siempre dije que no me emocionaría lo más mínimo el hecho de terminar la secundaria porque no la termino como siempre quise, como siempre soñé. Siempre pensé que se trata de compañeros, amigos y profesores. Siempre pensé que se trataba de pasar toda la vida en un mismo colegio, con mi mismos compañeros y profesores. Pero no. No es solo eso. No fue eso. Fue y es mucho más.

Hace poco hablábamos con mi papá sobre los niños que son abandonados. Y es que desde hace mucho tiempo, desde que empecé a pensar en eso, opiné que es difícil convencer a un niño de que vale la pena vivir si no tiene familia, un niño que no tiene ese amor que yo siempre tuve, amor que siempre fue un motor para seguir. Y él me respondió que las personas buscamos ese amor donde nos criamos, que muchos niños abandonados que crecen en hogares hacen su vida y luego vuelven a esos hogares porque es lo que ellos apropiaron como familia. Y esto es casi igual. Aprendí a querer esta escuela con sus defectos y virtudes, aprendí a querer las mañanas en las que me tomaba el bondi y llegaba tarde (aunque en el fondo las odie). Aprendí a querer a los porteros que saludaba y a la kiosquera que me vendía golosinas. Aprendí a querer todo esto, y apropié este colegio como si fuera el colegio donde pasé mi vida. Y hoy me toca despedirme.

Este último tiempo se me vinieron a la mente todo lo que pasó desde que empecé la secundaria, un marzo de dos mil diez. Porque sí, les aviso. De eso se trata terminar la secundaria. No de profesores, de alumnos ni de las cuatro paredes en sí. La secundaria se trata de uno mismo, del tiempo, de los años que pasaste y las cosas que aprendiste. De cómo aprendiste. La secundaria es aprendizaje. Y es quizás una de las etapas más importantes porque entras hecho un niño de doce años y salís siendo un casi adulto de dieciocho. Aprendes cosas, creces, te la das contra la pared, te duele, llorás, mariconeas. Pero luego te levantas y sos más fuerte, y te encontrás un día despidiéndote de los años más importantes de tu vida. Años que te marcaron, años que recordarás por siempre. Años valiosos, con recuerdos y vivencias. Y eso es lo que hoy queda después de todo. Porque, a pesar de que deba rendir ocho materias, nunca más me voy a sentar en ese banco colorido, nunca más voy a mirar a mis profesores enseñándome algo nuevo, nunca más voy a mirar a mis compañeros, a disfrutar una de las clásicas bromas del bufón de la clase. Nunca más. Rinda hoy o dentro de cinco años aquellas materias, la secundaria la terminé. Porque todos los años de cosas nuevas para aprender, de compañerismo, peleas y risas las terminé. Se terminaron ayer, cuando me entregaron la medalla de secundaria. Y qué importa si fue el acto más choto que vi en mi vida, o si me movió un pelo y un poco más. ¿Qué importa? Lo que importa es que dentro de mi corazón, esta fecha sacudió todo.

Ponete a pensar, a recordar. Ponete a rememorar dónde estabas cuándo todo empezó. ¿Cómo empezabas la secundaria? En el Prado, con mi papá llevándome en su motomel verde hasta la puerta del Prado. Tenía doce años y una mochila negra de cuarenta y siete street. Amaba esa marca en ese entonces, la pre-adolescencia. Allí estaba, esperando por entrar, esperando por ver como mi última etapa de aprendizaje comenzaba. Y siempre pensé en terminarla. Siempre imaginé cómo sería ese momento. Muy distinto de hecho. Pero jamás pensé que llegaría, que estaría acá.

Los profesores. Te miraban curiosos, te preguntaban cuáles eran tus planes en el futuro, qué querías estudiar. ¡Y recién estábamos en primer año! Te veían con miedo, te veían con sospecha. Seguro sospechaban que yo no era la alumna diez del grado, seguro sospechaban que yo me comportaba algo mal. Y apareció ese profesor que marcó tu paso por la secundaria: Leandro. En su traje de correcto profesor y su comportamiento cruel, algo te llamó la atención, y no fue hasta el año siguiente que le prestaste atención. Casualmente coincide con el año en el que cree este blog y en el cual empecé las sesiones con mi psicóloga.

Tercer año. Me fue re bien. Fue el mejor año en cuanto a lo educativo de toda mi secundaria porque fue el año en el que me llevé menos materias. Los buenos tratos de Leandro desaparecieron, dejé de ser amiga de Clara y empecé canto y guitarra. Medio año cada uno, pero por lo menos empecé algo. Y al año siguiente, cuarto. Nuevo uniforme y yo ya tenía mentalizado los siguientes tres años. Hice mi pequeño grupito, me mandé muchas macanas y terminé repitiendo.

Cuando me inscribí en el actual colegio, salí llorando. No quería ir a ningún lado, solo quería que me dieran una oportunidad para rendir las materias, para continuar con mi curso. Para ser de la promoción dos mil quince. El día que repetí veía aún más lejos el hecho de terminar, y hoy... hoy estamos acá.

El primer año en ese colegio, dos mil catorce, me la pasé mariconeando por Ian y por haber repetido. Ahora me agarra melancolía y algunas veces desearía poder revivir las cosas que pasé en ese año. Me hice amigas y me sentí normal, como cualquier otra. Salía a bailar y todo iba bien en mi familia. El mundial también fue una cosa copada del año. Y en mi mente se vienen las cosas que pasaron: cuando me fui a comprar las cosas que necesitaría, cuando me peleé con la profesora Lovera, cuando nos la pasábamos jugando al Preguntados en clase y yo no era más que una niña callada pero divertida e inteligente. Pasó el tiempo y mi imagen fue cambiando porque claro, soy Mariana y necesito resaltar, arruino todo siempre.

El dos mil catorce terminó muy mal. Me enteré que mi mamá estaba embarazada y toda la promo dos mil quince se estaba preparando. La obra de quinto ya había pasado y yo la había presenciado, pero nada se comparaba con estar ahí, viviendolo. Yo tenía dudas de si ir a Bariloche o no, o de cambiarme de colegio. Pasé el verano en casa de mi tía, en Córdoba, y cuando volví quise verdaderamente cambiar. Cambiar porque ya había decidido ir a Bariloche y quería estar con Fede, un chico que antes me había gustado y que había vuelto a mi memoria y a mi "corazón". Ese cambio no se concretó, pero a cambio tuve la aceptación de mi misma por un período. O más bien, ignoraba lo que yo era.

El dos mil quince fue mi derrape. Todos en el curso me odiaban, solo tenía dos amigas porque las demás se habían alejado de mí. Bueno, en realidad no tan así. Simplemente se habían alejado pero no de mala gana, simplemente porque buscaban otras cosas porque, después de todo, seguían hablando conmigo y seguían invitándome a sus cumpleaños.

El viaje a Bariloche, una de las cosas que rememoro hasta entonces. Y este blog sabe que hay una única razón para hacerlo: Nicolás. Pibito. Si el viaje me hubiera agarrado ahora, sin duda hubiera agarrado a una Mariana distinta y, en parte, mejor. Con cosas más lindas y distinta. Y hubiese estado bueno que así como estoy, con las mismas cosas que tengo ahora, hubiese ido a Bariloche y me hubiese cruzado a Nicolás, hubiese aprovechado todas esas cosas que quiero disfrutar. Él.

Después de Bariloche no duró mucho el bien estar porque terminé amistad con mis amigas. Estaba sola. Sola y rara porque quinto ya se terminaba. Yo me sentía saturada, me sentía colapsada. Ian venía a hacer de sus estragos otra vez. Y yo estaba sacudida. Le mandé un mensaje a Nicolás en pedo y más, y veía con melancolía su término de secundaria. El año terminó con un "estás re linda" de Ian. Y con él todo estaba bien. Con papá, por ejemplo, no. Un mes antes de terminar el año me peleé con mi papá y me dijo cosas horribles.Y la pasé muy mal. Demasiado, diría yo. Pero Ian... Ian estaba ahí cómo podía.

Y el dos mil dieciséis vino. Yo sospechaba que probablemente íbamos a tener que irnos a vivir a Salta, y me sentía muy entusiasmada con eso porque me sentía igual de saturada y colapsada (o quizás más) que el año anterior. Yo ya quería que todo acabara, cambiar de rumbo, cambiar de sentido, respirar otro aire. Pero eso no pasó, y yo ya había actuado: me la pasé faltando y me quedé libre. Ese es el motivo por el que hoy tengo ocho materias para dar, y mis padres ni enterados.

Sí, este último año se pasó rapidísimo. Fue un año de mierda, lo admito, pero quizás lo fue porque me enseñó cosas muy útiles. De a poco voy aprendiendo a olvidar, a superar. A decir "ya está" y seguir. De a poco me estoy motivando, de a poco voy arrancando. Estoy tratando de ser más buena, de que alguien me quiera. Que alguien sepa que no soy tan mala como parezco y que no es mi intención ser forra. Estoy intentando ponerle onda a la vida. Y es así cómo me va a agarrar el dos mil diecisiete.

Espero que para el treinta y uno de diciembre yo ya esté pensando plenamente en la facultad, en el talón de control que tengo que entregar en febrero. Espero recibir el año inhalando aire para cruzar el portal de una nueva etapa y abandonar el pasado. Esta etapa ya culminó. Voy a conocer gente nueva, voy a estar en otro espacio, voy a ser una yo renovada. Y espero arrancarlo con mucho optimismo.

No cambia solo la secundaria. Cambia mi vida. Se viene otra cosa, se viene el futuro. Ya no puedo ser más esta que soy ahora ni esa que fui. No quiero es para mí. Quiero ser otra diferente, más buena. Otra mejor. Espero que el dos mil diecisiete se lleve todo lo malo que me pasó. Espero que el dos mil diecisiete se lleve su recuerdo también. Que traiga felicidad para todo.

Estoy escribiendo como si se acabara el año. Es que en parte se acaba. Es muy difícil escribir esto sin que todas las cosas que viví se me pasen por la cabeza. Ahora estoy teniendo un flashback rapídisimo, veloz, de todas las cosas que viví. Un último respiro, un último suspiro para dar las materias, y ya soy una universitaria.

Un último suspiro, un último abrir y cerrar de ojos... y ya soy una Mariana nueva.