11/16/2015

- ¿Marian en crisis?



No, chicos. No estoy llorando y creo que tampoco estoy triste. No hay nada que me preocupe. Solo son malas sensaciones. Es... ¿melancolía? No lo sé. Sinceramente no lo sé.

¿Nunca tuvieron esa etapa en la que crees que superas algo y no? Esa etapa donde decís "Ya pasé de página, me siento orgulloso de mí", pero algo pasa y te volvés a sentir... no igual que antes, pero algo parecido. Esa etapa en donde vos te preguntás qué te está pasando ignorando la verdadera respuesta. Buscás y buscás y buscás esperando encontrar algo nuevo, pero no. Buscás siempre en el mismo lugar, por ende encontrás siempre las mismas cosas. Lección de vida número uno.

Siempre fui repetitiva con las cosas. Una chica rara supongo. La rutina me hace mal al mismo tiempo que lo diferente también. ¿O sea? Miedo a lo desconocido es lo que siempre tengo. Soy consciente que debo cambiar, pero no quiero hacerlo. Mejor dicho, no puedo. Quiero, pero no puedo. Porque siempre hay una soga que me ata a lo conocido, una soga que ni me esfuerzo en cortar.

Veamos. El principio del problema empieza en febrero del dos mil catorce. Más específicamente: el veinte de febrero. No estudié para la mesa de Salud y me fue mal. Desaprobé, repetí y me cambiaron de colegio. Entré a una escuela pública. Al principio me costaba lidiar con el tema. El haber repetido más el cambiarme de escuela era una operación muy difícil en mi vida. Me costaba hablar del tema, me costaba reconocerlo. Me costaba superarlo. Pero el tiempo pasó y me tuve que enfrentar a un montón de cosas que fueron dolorosas para mí. No sé por qué dolieron tanto, no sé por qué me afectaron de esa forma, pero fue así. Así como un disparo en el pecho supongo.

No sé en qué momento cerré los ojos y aparecí en marzo del dos mil quince. Esa fue la etapa más difícil quizás porque yo veía cómo mis compañeros preparaban todo para el último año. Último primer día, campera y remera de egresados, y decoraciones entre otras tantas cosas. Y yo lo veía como se ve unos zapatos Sarkany: con el ozico estampado en el vidrio. Me moría por ser parte de ello pero de la forma correcta, es decir, sin repetición ni nada. Disfrutando mi último año a full.

Volví a cerrar los ojos. Al despertar me encontré con un trece de agosto a la mañana. Con sueño, ojeras y bostezos, me desperté. Había dormido solo un par de horitas, quizás solo minutos, antes de que mi papá me llevara al lugar donde había asistido durante cinco años. No lo había visto desde hace mucho tiempo. Desde hace mucho tiempo no había mantenido relación con mis compañeros, salvo con Marina, quien yo consideraba mi amiga. Con ella tampoco mantuve relación o algún tipo de conversación antes del viaje, pues meses antes me dejó de dar importancia. Llegué a Longchamps y ya tuve una visión general de lo que iban a hacer mis nueve días en ese viaje tan esperado por tantos, pero algo aceptado por mí el último tiempo. Una visión general de que nadie allí me iba a prestar atención ni a incluir en nada. Pero ya había pagado las quince cuotas. Ya había comprado los anteojos, las calzas térmicas y ya me habían prestado los guantes. Ya estaba arriba del avión cuando me pregunté en qué me había metido. Miré al asiento de al lado y no había absolutamente nadie. Me sentaba sola.

Esos nueve días fueron como un sueño. Parecieron largos, pero duraron poco. Y la gran mayoría de las horas allí yo repetía la frase "Me quiero ir". Mis compañeras de cuarto no eran las mejores, y ni Marina ni quienes yo consideraba "mis amigas" parecieron reconocerme. Aún así me divertí a mi manera. Y conocí gente que... bueno, hasta el día de hoy me sigue rondando en la mente. Esa es una cosa de la que no me arrepiento y por la que agradezco haber ido a ese viaje. Tal vez si hubiese tenido otra reacción... tal vez, todo hubiese sido diferente.

Durante los meses posteriores a marzo y durante el viaje a Bariloche, yo no sentí nada respecto a mi accidente de un año antes. En Bariloche me sentí una egresada más. Y durante el año... yo recordaba la Mariana que escribió durante todo el dos mil catorce. En serio pensaba que estaba renovada. En serio podía ver una diferencia. En serio me podía preguntar "¿Cómo pude dejar que me afectara?". Es que parecía tan lejana aquella razón, aquel motivo. Parecía inofensivo, pero hoy me doy cuenta que no. No lo es. Está volviendo a mí haciendome sentir de la misma manera o un poco parecido a las anteriores veces, tal vez desde otro punto de vista. Es como si hubiese tomado otro camino, un atajo, para llegar a mí.

No sé cómo pude cerrar los ojos y aparecer en noviembre del dos mil quince. Ayer estaba en Córdoba, lamentándome por haber repetido. Y hoy estamos terminando el año. Los egresados ya no están. Se están yendo, disfrutando de las fiestas. Ya no hay más viajes a Bariloche. Ya no más. Se está acabando. Y justamente porque se está acabando es que me está haciendo un click. ¡Pero esperen! ¿Acaso este click es por los egresados o por sexto? Quiero decir, finales de quinto. El año que viene empiezo sexto. Se pasó tan rápido el tiempo. Y yo me pregunto. ¿Son los egresados o es sexto?

Cuando lo pienso, en cierta forma me digo que... en realidad, agradezco haber repetido. Pero en cierta parte no más. Poquito, no mucho. Porque bueno, todos se están preocupando por la facultad y yo acá, escribiendo entradas, todavía preocupada por notas de secundaria. Vamos, que hay un plus. Pero algo pasa. Me parece que es el tiempo. Como siempre. El tiempo. Mi gran enemigo/amigo. Tengo una relación algo confusa con el tiempo.

Es raro. Cuando repetí, me parecía tan lejano el momento en que llegaría a sexto. Y hoy estoy cerca. No estoy oficialmente allí, pero casi. No creo que ahora estemos con un calor de morirse cuando todavía recuerdo el frío de Bariloche como si hubiese estado allí ayer.

Qué rápido pasa el tiempo...

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