4/01/2015

- Bebé.



Ayer vi una foto suya. No quiero sonar ruda o algo así, pero esa foto fue una de las pocas en las que salió bien. Salió... hermoso. Y eso me quiso amarlo más. No sé si es porque me demostró que sigue siendo una cara bonita para mí o porque en su mirada encontré algo que me hizo sentir reconfortante, algo que me hizo sentir como si estuviera en casa, como si viviera las cosas del pasado, cosas que son tan apreciadas por mí que hasta la actualidad siguen rondando en mi mente. Sí, todos sabremos, al leer esta entrada, que estoy hablando de los actos estúpidos que cometí mientras tuve contacto con él y de los cuales no me arrepiento.

No sé muy bien el tema de esta entrada. Yo solamente quería hablar de él. Lo extraño, quiero volver solo para verlo y todo lo demás ya lo deben saber. No puedo evitar pensar en él, así como tampoco puedo evitar imaginarme cómo hubieran sido las cosas de no haber repetido. No puedo evitarlo. Si aquello es un crimen, está de más decir que soy culpable. Y no crean que voy libre por la vida, saltando en una pata y canturreando "voy recordando cosas de él sin consecuencia alguna". No. Tengo una consecuencia, una terrible: estoy presa. Mi mente sigue allá, y me mortifica. Todas las cosas que hago, cada recuerdo suyo que aparece en su mente, me condena y me mortifica.

No quiero sonar exagerada. No quiero decir "mi amor por él quema con la intensidad de mil soles". No, no. ¿Por qué no? Pues porque no lo siento así. ¿Cómo lo veo? Como un amor-odio. Lo extraño. Lo amo. Lo quiero. Pero a la vez lo odio. A la vez tengo ganas de pegarle y decirle las cosas malas que pasan por mi mente.

Es raro. No es raro que siga viviendo en el pasado, que me siga preguntando qué es lo que tenía conmigo. Digo, soy Mariana, es obvio que eso es lo que pasa en mí la mayoría de las veces. Me mortifico por cosas que ya pasaron sin importarme el presente que estoy viviendo. En la actualidad digo, admito, confieso que el presente me importa una mierda y que lo único que me haría feliz sería volver a finales del dos mil once o al dos mil doce para poder verlo, para poder jugarle, para poder arreglar mis errores. Lo que es raro es esta sensación de obsesión en exceso que atrapa mi mente cada vez que me hago preguntas sobre él, sobre su vida.

Escribí poco para lo que tenía pensado escribir. Supongo que esto sería algo así como "Leandro: Entrega I".

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